De utilería
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— Largá la pistola, pibe, no te hagás el cana valiente, ¿eh?, ganas no nos faltan de hacerte un buraco, calladito y suavemente, asi, muy bien, apoyala contra el suelo.
Con la escasa luz de los faroles se adivinó el perfil de cuatro sombras y un policia desarmado en el centro del círculo.
— Dejálo Tito, larguémonos antes de que sea tarde...
— No me apacigués que le tengo ganas, acordate lo que éstos le hicieron a mi hermano.
Mientras tanto, del otro lado de la plaza Dorrego, Matute iba y venía a grandes zancos vigilando la zona. Estaba vestido con un uniforme, que a primera vista parecía el de un policía, pero algo anacrónico desentonaba con el conjunto. Quizá la gorra al estilo Caras y Caretas, o las charreteras doradas de soldado en día festivo. A cada movimiento, las borlas quedaban danzando en el aire. Su rostro pecoso se estiraba en un gesto de orgullo, cuando minutos antes se encontrara con un patrullero:
— Buenas noches, mi oficial - dijo Matute, haciendo una venia exageradamente grotesca.
— ¿Todo en orden, oficial Matute?
— Esta noche está todo demasiado quieto, mi oficial. Ni pungas, ni rateros hay.
— Vigile, mi amigo, esté alerta y proceda con su ronda.
Cansado de sus propios pasos, enfiló para la plaza Dorrego, entonces los vió. Al principio no entendió la situación, creyó que era un grupo de trasnochados que hacían ronda de charla, pero luego el uniforme azul, los hombros caídos en derrota, el cuerpo como entregado. Eso sí lo intuyó. Más abajo el resplandor del arma a unos metros del cuerpo, y el filo de una navaja y un revólver y el chasquido tenue del seguro deslizándose.
Nadie supo cómo, su cuerpo flaco se situó en el centro de la escena, el chumbo en su mano crispada, y una voz ronca y espesa:
— Larguen las armas o los quemo.
Dudaron un segundo pero sus armas cayeron en forma unánime sobre el empedrado.
El policia las recogió rápidamente, mientras Matute apuntaba decidido.
— Oficial Matute, vaya en busca de refuerzos.
— Si, compañero -, y el pecho se le hinchó de orgullo.
Recordó las burlas de los chicos del barrio: "Ahí está el Loco, ¿Qué hacés Matute? ¿Me prestás tu revolver?"
Lástima que no estaban los pibes. Era noche cerrada y su revolver sólo un juguete que le habían regalado en la comisaría, junto con la gorra y el uniforme.

A-C 