Punto de vista
| Próximo > |
|---|
Bueno, tú me pides explicaciones y vas a tenerlas; pero creo que ahora es inútil, que todo lo que te diga no va a cambiar el último destino de mi hermano. Sí, papá, destino, destino; pero deja que hable, déjame hablar un rato largo sin oír vuestras absurdas sospechas. Siéntate conmigo aquí, solos, sin mamá dando vueltas a su angustia, que ya bastante tengo con la mía. ¿Por qué no me sirves también a mí? Coñac o lo que sea. Claro que bebo. Con dieciséis años, sí, pero no es el momento de... vale, pues aguado. Gracias. ¿Sabes cuál ha sido la causa, el verdadero problema? Esto mismo. Las cosas grandes y las pequeñas: el punto de vista, papá.
Juan siempre os pedía que le comprarais juguetes más pequeños, y eso os hacía mucha gracia, ¿te acuerdas? Lo considerabais un caprichito divertido del "peque". Pero yo compartía con él mi dormitorio, de modo que nunca lo vi como vosotros.
Al principio jugábamos juntos. No conocíamos el significado de la palabra "perspectiva", pero de eso se trataba: para jugar nos arrastrábamos por el suelo, como todos los niños; así agrandábamos las dimensiones de espacios y objetos. Guiñando los ojos un poco y apretando la nariz contra las baldosas parecía que con alargar la mano le quitaríamos el fusil robado al indio para cargarlo a la espalda del cow-boy; o que la bola de pelusa que rodaba bajo el escritorio era un terrible monstruo peludo que, a poco se aproximara, iba a devorarnos; o que el toro de la granjita de Juan estaba preparándose para embestir, por lo que debíamos apresurarnos y correr hacia la cerca, trepar para que no nos pillara y verle pasar luego camino de una plaza que habíamos construido con los tacos de madera. Todo eso les pasaba a nuestros hombrecitos de plástico. Era lo único que nos diferenciaba; yo elegía uno cualquiera y le ponía cualquier nombre fabuloso sacado del último comic; Juan siempre movía el mismo: el piloto de una nave espacial al que llamaba "Yo".
"Yo" iba sufriendo sucesivas amputaciones. Primero fue un pie; el casco con el pelo pegado después, luego un brazo entero y la pierna derecha... Juan no cambiaba el muñeco y los años iban pasando. Durante algún tiempo seguí jugando con él, pero comenzaba a aburrirme. A asustarme también. De "Yo" sólo quedaba una rosada bolita con dos puntos y una línea curva: la cabeza. Según Juan lo único imprescindible. Con ella iba a todas partes. Un día me dijo, excitado: "¡Es como una puerta!" No le comprendí hasta que me hizo salir del cuarto. Cuando entré ya no estaba. No, papá, yo me quedé en el pasillo. Lo hubiera visto.
Ya no me necesitaba, así que dejamos de jugar juntos. Me preocupaba verle manejar figuras cada vez más diminutas. Cuando cumplió diez años os pidió "juguetes que se midieran en milímetros, no en centímetros". Tú creíste que había empezado a coleccionar miniaturas a la misma edad que a otros les da por sellos, monedas o postales. Yo sentí auténtico pánico porque ya varias veces había desaparecido. Ahora voy a fumar, si me lo permites. Pero tú, ¿no habías dejado...? Sí, sí tengo. Claro, toma uno, papá. Poco después me dije que "Yo" se le había quedado grande. Supe que lo conseguía hacer solo, que ya no necesitaba ninguna ayuda. En cuanto él se tumbaba al suelo boca abajo me ponía a leer vorazmente, dándole la espalda hasta que se iba. "¿Dónde?" ¿Y quién podría saberlo, si por entonces ya se movía en mundos milimétricos? Desde entonces nunca me marchaba de nuestra habitación mientras Juan estuviera jugando. Permanecía allí, fiel e innecesario como un perro viejo, aguardando su vuelta. Nos considerabais inseparables, ¿te acuerdas?, pero Juan siempre estaba lejos de mí, aunque anduviera, tal vez, explorando la suela de mi zapato.
Un día quiso que jugara con él, como antes. Le obedecí pensando que si me enseñaba el modo de abrir puertas, si compartíamos el mismo punto de vista, podría traerle de regreso cuando se perdiera. Dijo que necesitábamos a "Yo", y fue la única vez que me dejó utilizar su primitiva figurita. "Lánzala hacia aquel coche". Tú sabes, papá lo que los coches son para mí, pero aquél era tan pequeño que sólo vi un deportivo rojo del tamaño de media cerilla. Luego creí que mis ojos se desconectaban del cuerpo, porque se iba agrandando hasta adquirir proporciones normales, quiero decir de un coche real, de un Porsche rojo, ya que lo preguntas. Sentí el deseo de rodearlo lentamente para admirar su belleza, para acariciar su carrocería. Sí, claro que lo hice. Luego decidí abrir la puerta y sentarme ante el volante. Abrí la guantera por si allí encontraba la llave para arrancarlo, pero dentro sólo vi una avioneta a punto de despegar. Desde la ventanilla me saludaba Juan agitando su brazo. Sí, dentro de la guantera del Porsche, papá. Hasta un hangar había. Tranquilo que ya termino.
Me costó volver. A mi alrededor todo se difuminaba y se concretaba a tal velocidad que quedé inconsciente por un rato. Juan estaba a mi lado cuando me vi de regreso en nuestra habitación.
Ahora viene lo peor, al menos hasta hoy. En aquella ocasión sólo pude correr al baño y vomitar, luego abandoné para siempre a mi hermano. No quise hablar de aquello, me comporté como si nada hubiera ocurrido. Os pedí cambiar de cuarto con el pretexto de que iba a tener exámenes difíciles y Juan me molestaba con sus juegos. En fin: nos separamos.
Tuve que pensar que en algún momento querría probarlo fuera de casa, por muy peligroso que resultara. Pero creo que hasta estas vacaciones no lo hizo. Fue por la mañana, cuando estaba haciendo castillos de arena junto a la orilla, cuando tú te enfadaste tanto y le gritaste: "¿No te da vergüenza, con quince años que tienes?" Yo me acerqué antes de irnos a ver cuál era el más pequeñito. Juan no estaba, ya se había marchado; y no al apartamento, como tú creíste.
Seguro que él sólo quería estar dentro unos minutos. Cuando ya nos alejábamos de la playa miraste hacia atrás y al verlos allí regresaste; y aunque yo gritaba: "¡No, que está dentro!" tú seguías sin comprender, mirándome casi con la misma expresión que ahora mientras pisoteabas sus castillitos.

G-I 