Carmen Hernández García

Carmen Hernández García - Foto no disponible


Principal G-I H Hernández, Carmen El último día

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   Poco después de comprar el billete de autobús que le devolvería a la ciudad, el veraneante se sentó en una terraza del paseo frente al puerto. Inmerso en una melancólica apatía, dejaba agonizar las últimas horas de agosto. Sin haberse marchado aún, contemplaba cada rincón del pueblo como imágenes superpuestas, como postales desordenadas que iban consumando su tiempo de vacaciones.
   Vio a la niña que solía pedir limosna por los bares cercanos. Estaba parada frente al escaparate de una zapatería. Una larga y vieja camiseta le llegaba hasta más abajo de las rodillas. Las chanclas de goma, demasiado grandes para sus menudos pies, parecían justificar la absorta fascinación conque miraba el interior; pero llevaba allí algún tiempo y sus ojos no se habían apartado de unos zapatos de charol rosa con hebilla dorada que destacaban entre el resto del oscuro calzado infantil, pensado ya para la temporada escolar.
   Otro hombre se sentó en un banco cercano. Tenía huraño el gesto y enrojecidos los ojos. Bebió un trago de vino de una botella medio vacía mientras miraba a la niña. El fuerte calor de la tarde los fue dejando solos a los tres, allí, frente al puerto.
   El veraneante se sintió enfadado: el verano le dejaba una última escena más bien patética como despedida, una triste postal de miseria que debía romper. Se acercó a la niña.
   —¿Te gustan esos zapatos?
   Ella se estremeció, nerviosa. Parecía casi dispuesta a salir corriendo. Volvió su cara, ahora crespada por la indecisión, hacia el hombre del banco que se limitó a fruncirle el ceño. El veraneante también lo miró siguiendo el gesto de la niña. El hombre guardó la botella en la bolsa y pareció perder todo interés por lo que ocurría en la puerta de la zapatería. Los ojos de la niña recobraron algo de serenidad y los hizo regresar a "sus" zapatos, los de charol rosa.
   —Sí.
   Extendió la mano y se preparó para recitar su pedigüeño discurso. El veraneante negó con la cabeza antes de que llegara a pronunciar palabra.
   —¿Por qué te gustan?
   Ahora malhumorada, se encogió de hombros.
   —Son rosas. Brillan.
   —No sólo eso. Yo creo que son mágicos.
   —¿Qué quiere decir mágicos?
   El veraneante sintió un hondo malestar. Tendría unos nueve años y no conocía la palabra magia.
   —Quiere decir que pueden llevarte a cualquier sitio.
   La niña se echó a reir. Su carcajada, como de cristal aún, recorrió los sucios callejones del puerto sobresaltando al hombre del banco, que la observó con desconfianza.
   —Todos los zapatos te llevan a cualquier sitio. Sólo hay que andar.
   —Sin andar; allí donde no puedas o no quieras ir andando.
   La niña volvió a poner sus ojos sobre los zapatos. Su cara reflejaba un cansado desdén.
   —Ya veo que no me crees —el veraneante suspiró—. Y si no crees en la magia, no funciona.
   —Se gastarán antes.
   —Al contrario: duran toda la vida.
   —Costarán mucho dinero.
   —Para eso estoy yo aquí.
   —Dime, entonces, dónde me pueden llevar.
   Le clavó unos ojos repentinamente anhelantes. El veraneante no percibió su angustia. Estaba ocupado, jugando a ser el duende bueno de un cuento infantil para quedarse con un bello momento final.
   —Pues a un lago de cristal que hay en el fondo del mar, a la montaña más alta de la luna, al país de los juguetes, a la pastelería más grande del mundo donde, al ver tus zapatos, te regalarán lo que elijas. A cualquier parte.
   La niña negaba con la cabeza. Había acercado tanto el rostro al escaparate que su aliento empañó el espacio entre ella y los zapatos. Las manos también estaban apoyadas sobre el cristal, ligeramente crispadas. De espaldas a todo. El veraneante la observaba con una ternura perezosa.
   —¿A casa del abuelo también?
   —¿No puedes ir con tus sandalias?
   Entonces la niña volvió a mirar al hombre del banco. Parecía dormitar.
   —¿A casa del abuelo, con mi madre? ¿También?
   El veraneante comprendió que aquello debía ser más difícil para ella que llegar a la luna. Miró el reloj, se le echaba encima la hora de coger el autobús.
   —También. Sólo tienes que darle la mano a tu madre y las dos iréis a casa del abuelo.
   —¿Para siempre? ¿Si yo tuviera puestos los zapatos me dejarían allí para siempre?
   —Claro. ¿Pero no querrías ir a algún sitio después?
   La niña guardó silencio. Al rato susurró para sí:
   —No. en casi todos está mi padre.
   El veraneante la oyó; y se volvieron los dos hacia el banco. Estaba vacío.
   —Espera aquí. Voy a comprar esos zapatos mágicos.
   Cuando salió de la zapatería la niña sólo lo miró, esperando.
   —Toma. Y ya sabes: tienes que ponértelos, cogerle la mano a tu madre y desear ir a casa de tu abuelo.
   La niña cogió la caja, se aferraba a ella sin atreverse a abrirla. Al cabo de un rato se marchó sin pronunciar palabra. El veraneante sonreía satisfecho al encaminarse hacia la parada del autobús. Luego apresuró el paso.
   En un callejó solitario la niña encontró al hombre del banco.
   —Dame eso. Lo venderá tu tía en el mercadillo.
   —No. Son míos.
   La borrachera del hombre del banco se convirtió en la violenta cólera de todas las noches. Agarró a la niña sacudiéndola con fuerza, pero ella quería ponerse aquellos zapatos, los necesitaba. Levantó la caja, aparentemente sometida; y cuando el hombre, confiado, la soltó, echó a correr como nunca en su vida había corrido antes. Notaba el aliento como fuego en la garganta, y los golpes de su corazón retumbándole en todo el cuerpo. Le sentía cerca, insultándola hasta que empezó a perder ventaja. E hombre del banco estaba muy borracho.
   Al doblar una esquina se escondió en un oscuro portal. Oyó las pisadas, su llamada entre amenazas alejándose. Luego se puso sus zapatos de charol, que brillaban en la penumbra como estrellas. Salió a la calle y atravesó el pueblo despacio. No sabía dónde estaba el hombre del banco, pero ya no le temía. Llevaba magia en los pies.
   Al llegar al descampado de la chabolas buscó a su madre entre las mujeres que tendían fuera. No la encontró.
   —Tu padre te anda buscando. ¿Qué has hecho?
   —¿Y mi madre?
   —Está con él. No entres ahora, chiquilla; nunca le había visto así.
   Pero no, en cuanto pudiera coger la mano de su madre irían a casa del abuelo. No podía seguir escondiéndose.
   Al entrar en la chabola la vio llorando en un rincón. El hombre del banco estaba entre las dos.
   —Ya los has manchado, hija de puta. Ahora verás lo que es bueno.
   La niña no intentó huir cuando comenzó a golpearla. Ni siquiera se protegía; en cuanto terminara aquella paliza cogería la mano de su madre. Se trataba sólo de aguantar un poco más: llevaba puestos los zapatos.
   —¡Déjala ya, vas a matarla!
   Entonces su padre la lanzó contra el fondo de la chabola, donde se amontonaba lo que recogían de los solares de derribo.
   —Mamá...
   Necesitaba convencerla para que se acercara a ella, pero su madre gritaba mirándola y retrocedía hacia la puerta. Debía haberse enfadado por el hierro que asomaba por su pecho y le había roto la camiseta. Además se estaba ensuciando de sangre.
   Algo más tarde la niña pensó que el veraneante decía la verdad: los zapatos eran mágicos. Allí donde se estaba marchando no llegaba su padre.
   El autobús de línea se cruzó con una ambulancia a la salida de pueblo, pero ninguno de los viajeros prestó atención.



 

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