Venganza
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La tarde que caí por el terraplén se parecía mucho a la de hoy. Finalizaba agosto y, con él, las vacaciones. Se cerraban las mil expectativas abiertas por mi hermano Jaime al final de curso, cuando llegábamos del colegio.
Los primeros días del verano yo siempre tardaba más en adaptarme al cambio. Cuando él ya estaba con la pandilla planeando mañanas de piscina y partidos de tenis, tardes de merienda junto al río o de largas excursiones en bicicleta y noches de exploraciones prohibidas; yo aún archivaba en mi cuarto de la buhardilla los trabajos del colegio.
Quizá las diferencias con mi gemelo se hacían más patentes entonces: él buscaba rutas que lo alejaran de casa —de nuestros padres— lo antes posible, y yo me sumergía en la rutina familiar poco a poco. Para mí lo primero era rastrillar junto a mamá el patio delantero del jardín, donde más tarde señalaríamos áreas y porterías para los partidos de fútbol; y contarle cosas del colegio a papá mientras limpiábamos la piscina. Luego, con el renovado placer de fin de curso, ordenaba mi cuerto: mis libros y juegos de mesa debían arrinconarse para dejar sitio a raquetas, palas de ping-pong, balones, mi nueva linterna y los remos recién pintados de nuestra piragua.
Había otros momentos muy especiales que procuraba vivir intensamente: despertarme tarde y esperar a que el sol entrara por la ventana de mi dormitorio, avanzando lento sobre la sábana hasta culminar su recorrido en mi frente antes de levantarme a desayunar; limpiar y engrasar a solas mi vieja bicicleta, tapando con pegatinas deportivas sus desconchados, ajustarle los frenos, el sillín, el manillar.
Por las noches solía duendear a oscuras entre los tilos y eucaliptos del bosquecillo trasero —lo que Jaime y yo llamábamos "la selva"—. Luego rodeaba la casa para sentarme junto a la hiedra del muro del sótano. Allí era más intenso el sudor nocturno del jazmín, la buganvilla, los dientes de león y los geranios del porche. A veces subía trepando por el ancho borde de la escalera trasera de piedra tan sólo para escuchar la voz de mamá, que descendía desde la ventana recién iluminada de la cocina, regañando a Jaime porque no le había visto desde la hora de comer, o a la cocinera porque se le pegaba la tortilla y se pasaba de aceite con el gazpacho.
Mucho más tarde, cuando ya acudía el sueño a cortejar mi mente, me sentaba a los piés de papá en la terraza delantera. Así comprobaba, con un inexplicable alivio, que un verano más iba a estar a esas horas leyendo el periódico en su tumbona predilecta, bajo el farol amarillento. Murmurando idénticos insultos contra los mosquitos y los políticos por lo bajo, para que no le oyera mamá. Mirándome con una sonrisa de complicidad que parecía envolverme en corazón.
Sólo después de mi ritual, como lo llamaba Jaime, me integraba a la pandilla ya saciado de mi tiempo inicial de vacaciones: el verano instalándose en mi casa.
Era parte de mis Junios perdidos, antes de que la bicicleta y yo sobrevoláramos la cuesta mientras la tierra, toda espino, peñascos y jara seca, saltaba contra mí como la cresta de un dragón que se estuviera despertando para robarme mis piernas, mis gestos y hasta mis palabras.
Luego el miedo y el dolor, pero ya en el hospital: el doctor con la mano en mi cabeza vendada, las lágrimas de mamá, y papá diciendo: "Tienes que ser valiente, Jorge, muy valiente". Yo pensaba que no, que algo estaba mal, que se había cometido una tremenda equivocación, que debía haber sido Jaime el arriesgado, el fuerte, el que se llevaba primero las alabanzas, risas y broncas; debía haber sido él quien traspasara el terraplén en alguna de sus alocadas carreras con la pandilla. No yo, porque yo iba detrás en todo y no me había atrevido a montar en bici sin los carrillos traseros hasta casi un año después que él.
Cuando me dieron de alta y regresé a casa, tras seis meses de hospital, pude comprobar que la imaginación de mis padres había ido por delante de la mía y tomado forma en mi casa. Las escaleras de la entrada y el porche tenían rampas, y hasta poleas para transportar mi silla de ruedas. Mi dormitorio ya no sería nunca el abuhardillado refugio del segundo piso: habían ampliado la planta baja, y en el muro que daba al estanque sobresalía un pequeño recinto con la pared de piedra y el pequeño tejado de pizarra, como el resto de la casa; pero era nuevo y se notaba. El interior parecía una réplica de mi habitación del hospital, con su cama alta y articulada. Hasta el cuarto de baño tenía un lavabo bajo y la bañera a ras del suelo, con abrazaderas metálicas para sostenerme sobresaliendo de los azulejos verdes como monstruosas tenazas.
Me pregunté si podría subir al segundo piso donde estaban todas mis cosas, pero no pronuncié palabra. Ya no sabía hacerlo sin que tardaran minutos en entenderme, y en esos largos y tensos minutos era preferible buscar, por mí mismo, todas las respuestas. Mi querida casa de piedra quedaba reducida para mí. Yo había sido reconstruído como un extraño bulto informe, y añadido de nuevo. Yo era parte de aquel nuevo recodo de la planta baja, de piedras y tejas sin historia.
Aquella primera noche me pareció estar velando un cadáver, mi propio cuerpo. A ese cadáver le debía una explicación, de modo que decidí buscarle un sentido lógico al accidente. Lo encontré de madrugada: la bicicleta criminal que no frenó a tiempo, que ignoró el movimiento de mis manos sobre el manillar, era la de Jaime. Nos las compraron idénticas. Fue el regalo por nuestro último cumpleaños, y mi hermano, demasiado obsesionado con el monopatín que le había comprado su padrino, no la había revisado. Decidí que la postura más coherente era estar muerto puesto que así me imaginaba y sentía.
Durante los siguientes meses mi vida se repartió entre las largas horas de rehabilitación, por las mañanas, y las clases de la tarde. Yo no avanzaba, decían; y me chantajeaban con dejarme en paz si colocaba las pirámides, conos y cubos en los huecos correctos. Prometían olvidarse de mis piernas si levantaba las pesas doce veces, o si reunía los palillos de madera de diez en diez y perpendiculares al borde de la lámina. Siempre mentían. Entonces, cuando el fisioterapeuta ordenaba que me desnudasen para golpearme los inútiles trozos de carne que yo ya había conseguido ignorar, dejaba caer la cabeza a un lado con los ojos en blanco. Aquello les impacientaba tanto que volvían a darle vueltas al asunto de los encefalogramas: "No podía ser. Un adolescente sin impulso vital. No, no podía ser".
Pero yo pensaba en Jaime como si mi espíritu, ya libre, siguiera viviendo con él en el internado: "Ahora estaremos a punto de entrar en el laboratorio, Jaime quiere soltar las ratas. Ahora toca examen de Matemáticas, Jaime va a meterse los dedos en la boca para devolver el desayuno porque no ha estudiado nada. Ahora baloncesto. Espero que nos seleccionen a los dos para la liguilla interescolar." Yo no tenía nada que ver con aquel niño muerto, tumbado en la camilla; porque Jorge, el paralítico, no existía.
En casa logré cierto desapego familiar. Con mi madre me hacía el dormido. En cuanto a papá, como sufría tanto con la lentitud y torpeza de mis palabras, exageraba más mi padecimiento por intentar hablar hasta que lograba echarle de mi cuarto. Nunca le oí sollozar en el pasillo: lo único que percibía eran los gritos de mis compañeros de habitación, allá, en el colegio (sobre ellos a Jaime, que se despertaba el último, renegando de la clase de Lengua y el asqueroso desayuno que nos esperaba). En abril se les ocurrió llevarme cada mañana a diferentes partes del jardín los días de sol, con un radiocassette y cintas de música clásica. La manta que cubría mis piernas resbalaba hasta el suelo; la cinta enmudecía mucho antes de que alguien se acordara de darle la vuelta; y la sombra de los árboles terminaba por cubrirme sin remedio. Todo mayo y parte de junio permanecí alargando un resfriado que se transformó en una resistente bronquitis porque escupía el antibiótico en el orinal cuando no me miraban. No deseaba más que permanecer allí, protegido por la fiebre, viviendo aquella secreta irrealidad escolar junto a mi gemelo.
Mis padres lo descubrieron. Agotados y desesperados, supongo, contrataron para el verano a una enfermera. La mujer venía a casa todas las tardes, de cuatro a ocho. A ella no le afectaban mis silencios ni mis ausencias, al contrario, parecía que incluso le agradaban: lo importante era que me dejaba en paz. Tal vez por eso no me permití más trucos ni trampas y traté de colaborar lo suficiente para que no se marchara.
Fue encontes cuando mi hermano regresó del colegio. Yo me había negado a verle los pocos fines de semana que pasó en casa durante el invierno. En primer lugar por no romper mi fantasía, pero también porque después de evitar tanto tiempo los espejos de mi cuarto, no podía enfrentarme a otro mucho más cruel que reflejaba mi propia imagen sana: Jaime.
Fue inevitable. Llegaron las vacaciones de verano y él iba a quedarse en casa durante dos meses. Una tarde que la enfermera me paseaba por el jardín nos encontramos a mi hermano de frente, con uan raqueta en la mano, mucho más delgado y alto de lo que le había (nos había) imaginado.
Me saludó su despiadado: "Hola Bólido"; y decidí absorver su realidad, porque no pretendía compadecerme ni ayudarme como los demás. Le escuchaba con tanta atención que a los pocos días venía a sentarse junto a mí a la hora de la siesta para hablar: "Imagínate, Bólido, que ya sabemos como entrar en la casita de los guardeses, la que está pegada a la carretera. ¿Te acuerdas que la creíamos ocupada? Pues que va: está tan deshabitada como la casa grande. He planeado una noche de inspección después de la carrera de piraguas hasta el pantano. Vamos sólo a echar una ojeada, ya sabes. Pero creo que tiene una trampilla que da al sótano. Una noche de éstas iremos de exploración, ya en serio. Pero no te chives, ¿eh? Bueno, cómo vas a hacerlo. Eso a ti te lleva ahora tres horas y terminarías por infartar a papá".
Y más tarde: "Ni te lo imaginas, Jorge. Se nos rompió mi linterna y al de Luis se quedó sin pilas. Pero fue alucinante. Está amueblada y hemos mangado alguna cosa de esas que nunca se echan en falta. Si vuelven ni cuenta se darán, creo yo. Por cierto, la otra, la grande, tiene una ventana del ático con la persiana subida y los cristales rotos. Bueno, los hemos roto a pedradas. En cuanto consiga una buena cuerda, con un gancho de esos de flecha que se abren, pienso escalar y entrar. Los demás todavía no quieren, dicen que está demasiado alto, que si se rompe nos podemos matar, o quedarnos así, como tú.
Ah, ¿no sabías? Los vecinos han traído a su nieta para que esté con ellos todo el verano. Tiene sólo doce años y mamá se empeñó en invitarla para que me conociera el día que te llevaron al hospital —a lo de los análisis de cabeza, o lo que sea—. Sus abuelos han devuelto la invitación aunque yo no estuve con ella el otro día: me escapé por la rotonda y salí por "la selva". Mamá me ha castigado dos tardes sin salir por haberme largado. Lo mismo me da. Pienso dormir la siesta para irme de noche o quedarme aquí, contigo, si me deja tu loquera. No, no Bólido, nada de intentar hablar que me pones enfermo. Es que pareces tonto cuando abres la boca. Por eso no vienen los de la pandilla. Te tienen, no sé, entre vergüenza, miedo y asco. Me voy, que me esperan. ¿No oyes el silbido de Andrés? Si ves una niña espiando por encima de la tapia, ya sabes: la nueva vecina. Se llama Diana, fíjate. Hazle el número de los ojos en blanco y babea para que se asuste, retiren la invitación, y no nos den los viejos más el rollo con lo de hacerse nuestra amiguita y esas historias".
Dos tardes después conocí a Diana. Parecíamos el circo ambulante entrando en el chalet de los vecinos de al lado. Mamá llevaba de la mano a Jaime, detrás, conducido por la enfermera y con un regalito para la niña sobre mis piernas, iba yo.
Sé que para mi hermano la tarde fue infernal. Escuchamos varias veces silbidos de la pandilla mientras él intentaba comer una repugnante tarta de nueces. después de la merienda la niña quiso llevarme a pasear, y Jaime nos siguió por aquel cuidado jardín haciendo comentarios sarcásticos acerca de los juguetes que veía esparcidos por todo el césped. Mientras Diana cortaba unas flores y me las colocaba entre las manos, vi como él cogía la más nueva de sus muñecas. La tiró por encima de la tapia y luego volvió, sonriendo, a nuestro lado.
Al día siguiente la niña recibía, envuelta en papel de periódico, su muñeca: desnuda, pintada con rotulador negro y con los pies y las manos cortados. Me lo contó mi hermano.
Diana vino a casa por la tarde; saludó a mamá y le pidió permiso para estar conmigo. Yo la veía sentada en el suelo, a mi lado, con su mirada azul perdida, abrazada a sus rodillas y apretando los finos labios. Pensé que aquella niña parecía más muerta que yo.
Mamá se fue a la compra y me dejó al cuidado de mi enfermera. Diana se despidió con un gesto, pero no la vi salir por la reja de la entrada: rodeó mi casa y la perdí de vista por unos momentos. Después de varios intentos conseguí mover mi silla un poco, lo suficiente para alcanzar a ver la ventana del cuarto de Jaime. Allí asomada estaba Diana con el pez dorado de mi hermano agarrado por la cola, ya medio muerto. Levantó su delgado brazo, como dedicándome aquella primera venganza. Y desapareció. Mi enfermera no la vio, estaba muy ocupada leyéndome un libro.
Jaime se encontró el pez muerto y le pidió a papá que analizara el agua: estaba convencido de que la criada había echado detergente en la pecera. Pero todos le aseguraban que los peces no duran mucho y lo aceptó con relativa calma.
Así habría terminado todo si no hubiera sido porque, a la mañana siguiente, Diana se asomó a la tapia cuando él desayunaba en el porche. Yo la vi esperar, inmóvil, a que Jaime reparara en ella. Cuando la miró, la niña sonreía dirigiendo sus fríos ojos hacia el contenedor de basura donde ya se estaba pudriendo el pez de mi hermano.
Nadie le creyó. ¡Cómo una niña tan dulce que hasta me hacía compañía por las tardes, iba a haber matado su pez! Esa noche Jaime no fue a explorar: pasó por la tapia a la casa de los abuelos de Diana. Yo lo vi desde mi habitación, desde mi alta cama de hospital.
Por la mañana, muy temprano, Diana volvió a mi jardín. Traía una cajita bajo el brazo y al rato de estar sentada a mis pies la abrió. Yo esperaba un trozo de tarta para mí, o tal vez unas flores, pero de su interior sólo sacó tres jilgueros muertos —los que Jaime y yo habíamos visto en las jaulas del porche de sus abuelos—. La niña comenzó a buscar, con sus pálidos ojos, algún sitio apartado, y finalmente cavó un profundo hoyo con su palita de plástico en el suelo de la "selva". Metió dentro sus pájaros y lo cubrió cuidadosamente con tierra suelta y hojarasca.
Se acercaba el día de nuestro cumpleaños y hablé: le pedí a papá un regalo para mi gemelo, un perro. Mamá hasta se emocionó cuando supo que me había esforzado únicamente por mi hermano. Y ese fue nuestro regalo, esta vez también idéntico: dos preciosos cachorros de pastor alemán.
Jaime está entusiasmado con su perro, desde pequeño había querido tener uno para enseñarle a cazar y para que le siguiera siempre como en los libros de aventuras.
Diana cogió al día siguiente un gato recién nacido y se puso a darle el biberón en la explanada de su jardín, donde pudiéramos verla.
El cachorro de Jaime moría una semana después ahogado en el estanque. Mientras yo acariciaba a mi perrito suavemente, con mis torpes manos, nuestra vecina hundía durante casi diez minutos a su hermano de camada en el agua. Después sonriendo dijo. "A él todavía le queda el gato". Cuando comprobó que le había entendido llevó mi silla al porche para alejarme del estanque y se marchó otra vez.
Mi propio hermano sacó del agua el cachorro, con su rosada pancita hinchada de agua y rompió a llorar por primera vez en muchos meses. Papá le explicó que a los animales tan jóvenes hay que controlarlos constantemente porque todavía no son conscientes de peligro alguno. Mi hermano negaba con la cabeza. Sólo yo vi el odio con que miraba hacia la casa de nuestros vecinos. Mamá quiso enterrarlo en algún campo cercano, pero yo le rogué que lo hiciera bajo los tilos y los eucaliptos. Creo que volvió a emocionarse.
El gato de Diana desaparecía poco después. Sus abuelos preguntaron a mis padres si lo habían visto: estaban preocupados porque la niña no decía nada aunque se había dado cuenta de que no estaba. La pobre vieja parecía realmente afectada y, por primera vez, sentí ganas de reír.
Por supuesto apareció muerto. Diana vino a verme, esta vez con una caja algo más grande que se puso a enterrar cerca de donde estaban sepultados los jilgueros.
Han pasado dos semanas y Jaime parece haberse olvidado de su perro. Incluso lleva días contándome sus cosas, como al principio del verano. Ahora sé que esta noche será la definitiva: van a trepar por una cuerda muy gruesa que compraron ayer en el pueblo hasta el ático de la casa abandonada. Mi hermano subirá el primero.
Hace un rato que está Diana en mi jardín haciendo algo con la cuerda de Jaime, escondida debajo de los tilos y los eucaliptos, en el bosquecillo trasero: en "la selva".
Como empiezo a mover mejor las manos, yo mismo me he trasladado hasta rodear la casa para permanecer junto a la hiedra del muro del sótano, donde pronto llegará el sudor nocturno del jazmín, la buganvilla, los dientes de león y los geranios del porche.

G-I 