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Sábado 25 de septiembre.
La ventana estaba a oscuras. Me lo esperaba. Antes ¿antes de
qué?, cuando por excepción yo salía sin Maurice,
al volver había siempre un rayo de luz entre las cortinas rojas.
Yo subía los dos pisos corriendo, tocaba el timbre, demasiado
impaciente como para buscar mi llave. Subí sin correr, metí
la llave en la cerradura. ¡Qué vacío estaba el departamento!
¡Qué vacío está! Evidentemente, puesto que
no hay nadie adentro. Pero no, de costumbre, cuando regreso a casa reencuentro
a Maurice, aun en su ausencia. Esta noche las puertas se abren ante
habitaciones desiertas. Las once. Mañana se sabrán los
resultados de los análisis y tengo miedo. Tengo miedo, y Maurice
no está aquí. Ya lo sé. Es preciso que sus investigaciones
lleguen a su fin. Así y todo, estoy enojada con él. "¡Te
necesito y no estás aquí!" Tengo ganas de escribir estas
palabras sobre un papel que dejaría a la vista en el vestíbulo,
antes de irme a acostar.
... Regué las plantas; empecé
a arreglar la biblioteca y me detuve. Me sorprendió su indiferencia
cuando le hablé de instalar este living. Tengo que confesarme
la verdad; siempre deseé la verdad, si la obtuve es porque la
quería. ¡Pues bien! Maurice ha cambiado. Se ha dejado devorar
por su profesión. Ya no lee. Ya no escucha música. (Me
gustaba tanto nuestro silencio y su rostro atento cuando escuchábamos
Monteverdi o Charlie Parker.) Ya no nos paseamos juntos por París
y los alrededores. Ya casi no tenemos verdaderas conversaciones. Empieza
a parecerse a sus colegas que no son más que máquinas
de hacer carrera y ganar dinero. Soy injusta. El dinero, el éxito
social, se mata de risa de eso. Pero desde que, en contra de mi opinión,
hace diez años decidió especializarse, poco a poco y
eso es precísamente lo que yo temía, se ha empobrecido.
Inclusive en Mougins, este año, me pareció lejano: ávido
por reencontrar la clínica y el laboratorio; distraído
y hasta moroso. ¡Vamos!, mejor decirme a mí misma la verdad
hasta el fin. En el aeródromo de Niza sentía el corazón
oprimido a causa de esas opacas vacaciones que dejábamos detrás.
Y si en las salinas abandonadas conocí una felicidad tan intensa,
fue porque Maurice, a cientos de kilómetros, volvía a
serme cercano. (Curiosa cosa, un diario: lo que uno calla es más
importante que lo que anota.) Se diría que su vida privada ya
no le concierne. La primavera pasada, ¡con qué facilidad
renunció a nuestro viaje por Alsacia! Sin embargo, mi decepción
lo afligió. Le dije alegremente: "¡La curación de
la leucemia bien merece algunos sacrificios!" Pero, antes, para Maurice
la medicina significaba personas de carne y hueso que había que
aliviar. (Estaba tan decepcionada, tan desamparada durante mi permanencia
en Cochin, por la fría benevolencia de los jefes de sala, por
la indiferencia de los estudiantes: y en los hermosos ojos melancólicos
de ese externo encontré una angustia, una rabia semejantes a
las mías. Creo que lo amé desde ese instante.) Tengo miedo
de que ahora para él sus enfermos no sean sino casos. Saber le
interesa más que curar. Y hasta en sus relaciones con quienes
lo rodean se vuelve abstracto, él, que era tan vivaz, tan alegre,
tan joven a los cuarenta y cinco años como cuando lo encontré...
Sí, algo ha cambiado, puesto que escribo acerca de él,
de mí, a sus espaldas. Si él lo hubiera hecho, me sentiría
traicionada. Éramos, el uno para el otro, una absoluta transparencia.
Aún lo somos; mi cólera nos separa:
le será fácil desarmarla. Necesitaré un poco de
paciencia: después de los períodos de agotamiento viene
la bonanza. El año pasado también trabajaba frecuentemente
por las noches. Sí, pero yo tenía a Lucienne. Y, sobre
todo, nada me atormentaba. Bien sabe él que en este momento no
puedo leer ni escuchar discos, porque tengo miedo. No dejaré
ninguna nota en el vestíbulo, pero hablaré con él.
Al cabo de veinte veintidos años de casamiento, uno concede
demasiado al silencio: es peligroso. Pienso que me he ocupado demasiado
de las chicas todos estos últimos años: Colette era tan
apegada y Lucienne tan difícil. Yo no estaba tan disponible como
Maurice podía desearlo. Hubiera debido hacérmelo notar
en lugar de lanzarse a trabajos que ahora lo alejan de mí. Tenemos
que explicarnos.
Medianoche. Tengo tanta prisa por verlo, por
ahogar esta cólera que todavía protesta dentro de mí,
que dejo los ojos clavados en el reloj de péndulo. La aguja no
avanza; me exaspero. La imagen de Maurice se deshace; ¿qué
sentido tiene luchar contra la enfermedad y el sufrimiento si uno trata
a su propia mujer con tanta despreocupación? Eso es indiferencia.
Dureza. Es inútil rabiar. Basta. Si los análisis de Colette
son desfavorables, mañana voy a necesitar de toda mi sangre fría.
Entonces debo tratar de dormir.
...
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