Para un gastrónomo
Lo venía observando desde hacía semanas, pero mis acercamientos se habían frustrado ante la huidiza mirada de Rolando y su media sonrisa forzada.
Casi podía dibujar una gráfica sobre su comportamiento cotidiano o escribir un diario, aunque a lo mejor ambas pretensiones eran exageradas, al fin y al cabo sólo lo veía de lunes a viernes en horas de oficina. Pero era cierto, en esos días podría repetir cada uno de sus movimientos. Por ejemplo, hoy martes, en sus ojos se asomaría un ligero regocijo, que para el miércoles era ya una excitación perturbadora.
Las manos le temblaban al revisar cada dos por tres su reloj, esperando la hora de salida para tomar apresuradamente su saco y marcharse sin apenas saludar. Sus mejillas ordinariamente pálidas tomarían un ligero tono sonrosado, como si de pronto se acercara a una fuente de vitalidad.
El jueves, aún conservaría algo de aquél extraño estado de ánimo, repasando sus labios con expresión de gato satisfecho. ¡Ah! pero el viernes y el lunes, Rolando volvería a ser un hombre taciturno que observaba desesperado el próximo miércoles enmarcado en un círculo naranja en el calendario.
Cada día me intrigaba más y hacía esfuerzos para no delatarme en los momentos de acercamiento con el solitario.
Poco a poco, durante dieciocho meses lo fui rodeando, acostumbrándolo a mi presencia, a mi voz amable y cuidadosa que deseaba no asustarlo. Confieso que me sorprendió más de lo que imaginé cuando el martes me invitó a comer. Esa noche no pude dormir esperando el momento de las confesiones, de las horas que compartiríamos fuera de la oficina.
El miércoles la conducta de Rolando varió ligeramente. En vez de mirar su reloj me miraba con insistencia. Casi podía adivinar sus dudas. No lo atosigué y permití que transcurrieran mis ansias y las horas.
Llegamos a San Ángel, a una de esas callejuelas empedradas en las que se contemplan bardas que ocultan no sé qué secretos a los ojos de los vecinos y transeúntes. Rolando empezó a hablar titubeando.
— Te he querido invitar a un lugar muy especial. Un pequeño restorán al que únicamente podemos ir socios y candidatos. Se sirven únicamente dos platillos y existen tres reglas que es indispensable cumplir. La primera, nunca harás preguntas, ni siquiera a mi sobre lo que comas; segunda, no invitarás a nadie, hasta que el mismo dueño te lo indique y, finalmente, comerás en absoluto silencio.
Yo lo escuchaba callada, algo en sus palabras y en su tono hicieron que un calambre se anidara en mi espalda, pero inmediatamente rechacé esta aprehensión que con una risita nerviosa confirmé ridícula.
El anunciado restorán se hallaba en uno de los terrenos resguardados por bardas. La casa, de tamaño regular, había sido acondicionada y traslucía una sensación confortable, a pesar, o quizá precisamente por lo austera de su decoración. Colores grises y ocres en techos y paredes, manteles blancos, muebles de madera natural. Nada que diera un matiz de color, ni siquiera una planta, pero sobre todo silencio. Había alrededor de trece o catorce comensales sentados individualmente. Sólo se oía, de cuando en cuando, la voz del dueño y el roce del caminar de los dos únicos meseros.
Nos instalamos en una mesa, enfrentándonos inmediatamente a un tazón que contenía un consomé traslúcido de apariencia insípida, sin una rebanada de verdura flotando por ahí. Supongo que mi expresión escéptica se borró de golpe cuando sorbí la primera cucharada. ¡Por Dios! jamás había probado nada más exquisito. Este sabor delicado que inundaba mis sentidos poco tenía que ver con los manjares que en otras ocasiones había degustado. Tomé mi sopa en silencio, mordiéndome la lengua para detener las preguntas que buscaban al sonido. Las sensaciones apenas me permitieron pensar que el desarrollo de este encuentro con Rolando, poco tenía que ver con mis especulaciones nocturnas.
Cuando terminé la sopa, mi plato fue sustituido en el acto por otro, que contenía dos lonjas de carne grisácea, de aroma indefinido, sin contorno ni aderezo alguno. Animada por la experiencia anterior, probé la carne y no pude contener una expresión de goce que fue duramente reprimida por la mirada de los otros. La sopa era un pálido preludio de las sensaciones que este platillo despertaba en mi, parecía cocinado por dioses.
Cuando terminamos, mi amigo se levantó y me hizo una seña para que lo siguiera. A la salida de la casona, nos anotamos en una libreta, asegurando nuestro regreso para el próximo miércoles.
A partir de ese momento, había instantes en los que me vi como en un espejo, repitiendo las mismas actitudes de Rolando. Dejé a mis amigos y parientes y viví únicamente para aquellos miércoles que llenaban mis mejillas de colores rosa, que agitaban mis manos y revivían la fuerza de mis ojos. Las preguntas quedaron como en una especie de archivo muerto que ya nadie consulta.
Un miércoles, después de saborear nuestros dos únicos y deseados platillos, el dueño se acercó a saludarnos. Cuando sobó la espalda de mi amigo con una golosa caricia, y lo invitó a quedarse un rato más, supe que el próximo miércoles, Rolando ya no estaría comiendo conmigo. No me importó, aunque sé que algún día llegará mi turno.



